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E suele decir que se aprende más de las malas experiencias y de los fracasos que de los éxitos, pero algunos se niegan a aprender. O, lo que es peor, pues es pura maldad y perversión, se niegan a aceptar la verdad de las cosas por fines e intereses mezquinos.
Este año se cumplen treinta años de unas inundaciones que arrasaron Vizcaya y Guipúzcoa, y convirtieron las calles en ríos que arrastraban todo lo que pillaban a su paso. Se produjeron destrozos que obligaron a declarar el norte del País Vasco, zona catastrófica. Fueron más de dos decenas de muertos, heridos múltiples y casas, haciendas y bienes de todo tipo en estado de ruina. Ni antes ni después de aquella fecha se produjo desastre de ese tamaño, producido por lluvias torrenciales absolutamente imprevisibles.
El Gobierno Vasco conmemora esa efeméride, pero lo hace sin recordar ni mencionar a las Fuerzas de Seguridad del Estado ni a las Fuerzas Armadas que se volcaron en las múltiples acciones de salvamento y rescate, en la distribución de agua, alimentos y mantas, y en el despliegue de infraestructuras para atender a la población. No se han dignado en invitar a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado ni a las Fuerzas Armadas, que, sin su contribución, no hubiera sido posible la vuelta a la normalidad en aquellas aciagas fechas. Dice el refrán que es de bien nacidos ser agradecidos, y por muy nacionalista que se sea es deleznable el gesto de sectarismo que, una vez más, muestra el Gobierno Vasco.
Es preciso destacar y mencionar, a los cuatro guardias civiles que perdieron la vida en las labores de rescate en Llodio, en un momento en el que la población alavesa prácticamente desapareció bajo las aguas del Nervión. Esos cuatro guardias civiles ofrecieron el tributo de sus vidas en el intento de rescatar a una joven de veintiún años, Araceli Pozo Caño. El río se llevó los cuerpos de los cuatro guardias civiles y de la joven. Esos guardias civiles fueron el guardia Miguel Salgado Peña, el teniente Alejo García García, el número del Cuerpo Pedro Narbona Bustamante y el también guardia Luis Postigo Cabello. A todos ellos se los llevó la riada, junto a la persona, en un principio rescatada, dentro del vehículo que les transportaba.
Sin embargo, nuevamente, los nacionalistas caen en la vileza, la ingratitud y la injusticia, negando la verdad de las cosas, y manipulando las realidades.
Para recordar hechos de este tipo, sin una mínima ecuanimidad, y sin hacer justicia, es mejor que no se realicen conmemoraciones, pues es un insulto a quienes, generosamente, y cumpliendo su obligación, contribuyeron a ayudar al País Vasco a salir de aquel trance, incluso con el tributo de sus vidas.
Perdonen que lo diga, pero a mí esto me produce asco y arcadas morales. Para la política necesitamos urgentemente gente de altura intelectual y categoría humana.
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