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TIMOLÓGICAMENTE la palabra mediación proviene del latín “mediatio” que significa “interposición, conciliación, intermediación entre posturas opuestas” y nuestra RAE la define como la “Actividad desarrollada por una persona de confianza de quienes sostienen intereses contrapuestos, con el fin de evitar o finalizar un litigio”.
Hoy todo el mundo parece que conoce esa palabra e incluso la utiliza de forma normalizada dentro de sus discursos cotidianos, pero no siempre de forma adecuada, con lo que de algún modo poco a poco el significado de la misma se ha ido desvirtuando. No es raro encontrarte con personas que se atribuyen ser grandes mediadores en su vida cotidiana: median con sus hijos, con sus parejas e incluso mediaron en algún problema familiar entre hermanos…etc. Y es igualmente muy normal escuchar a los abogados decir que ellos ya son mediadores en su actividad profesional, que siempre intentan mediar en los casos en los que intervienen en beneficio de sus clientes. “Abogado” proviene del latín “Ad auxilium vocatis” “(el llamado a auxiliar”), y eso es lo que hacemos, pero, no nos engañemos, siempre favoreciendo, o, al menos, intentando favorecer a nuestro cliente, lo cual rompe del todo la neutralidad necesaria para mediar.
A mi modo de ver y como mediadora-abogado que soy, la realidad es bien distinta. En el decálogo del abogado uruguayo, Eduardo Couture, también conocido como los "Mandamientos del Abogado", ya existe de alguna manera esa intención de mediar o, al menos, la obligatoriedad moral de la “lealtad al cliente” y la búsqueda de la mejor solución para el mismo, lo que implicaría que, si en algunos casos es mejor una vía no judicial para resolver el problema de un cliente, hay que indicársela en su beneficio. Dice el decálogo:
“Tolera la verdad ajena en la misma medida en que quieres que sea tolerada la tuya” y este principio sí que es la base de la mediación.
Pero el abogado no es neutral, no puede serlo, él se debe a su cliente y aunque puede y debe ser conciliador, faltando aquel principio ya no podemos hablar de mediación. No confundamos nosotros mismos los términos y demos al Rey lo que es del Rey, mediación no es Derecho, no puede ni debe ir en contra del mismo, pero no es lo mismo.
Además, la mediación exige unos conocimientos y unas habilidades distintos a los que posee un abogado o, al menos, complementarios y una intención pacifista que no todos los abogados tienen. Como en todas las profesiones, hay buenos, no tan buenos y malos profesionales. El Derecho Natural, el orden de las cosas, el sentido común,… todo ello es patrimonio de los hombres y, si los utilizásemos más, tal vez seríamos todos más justos para que así lo fueran con nosotros a su vez y, quizás no sería necesaria la Mediación, ni el Arbitraje, ni tan siquiera el Derecho… Pero este modelo idílico, no es real. En todos los ámbitos los seres humanos necesitan de una guía, de una ayuda, incluso de un castigo en determinados casos.
Couture propone a los abogados esto: “el día que encuentres en conflicto el Derecho con la Justicia, lucha siempre por la Justicia”; sin embargo, los abogados luchamos más por aplicar el Derecho, por supuesto en beneficio de nuestros clientes, incluso cuando creemos que ello no es del todo justo.
Escuché a un magnifico juez pro-mediación decir que la idea común de que la mediación es un sistema alternativo de resolución de conflictos está mal expresada pues, muy al contrario, la Justicia Ordinaria debería ser la alternativa a la solución amistosa de las controversias cuando ésta es o ha sido imposible. El Derecho no es un fin sino un medio al que acudir cuando otras vías más naturales han fallado. De actuar así todos saldríamos ganando. A esta idea me adhiero por completo como abogada y como mediadora.