Firmas Invitadas - Edición Nº 567
Semana del 26/12/2012
Volatines sobre Carlos Marx y la ingeniería financiera
José Manuel G. Torga
M
UCHOS, especialmente entre los jóvenes, creían que habíamos entrado en un tiempo exento de grandes males político-sociales, al reputarlos como fenómenos antiguos, por más que mantuvieran vigencia durante gran parte del siglo XX. Al fin y a la postre, el siglo pasado, en la amplia acepción del calificativo.
Simplezas características de argumentarios para un papanatismo transfronterizo como el hipotético fin de la Historia, de Francis Fukuyama – no toda cita implica signo positivo – auguraban la entrada sin retorno en una Arcadia feliz. Y, casi de repente, muchas cosas se pusieron patas arriba.
En las aulas universitarias comprobé, con harta frecuencia, la resistencia del alumnado para comprender que la evolución histórica presenta tramos de montaña rusa, de línea quebrada, y no una trayectoria determinista ascendente. Ahora, el optimismo histórico y hasta la idolatría tecnológica están enervados por la crisis económica y de valores. Podemos tomarlo a la tremenda sin más, o alternar con ratos de humor.
Notas del segundo tipo incluía el diario británico “Financial Times”, con la firma de Karl Sternberg, a mediados del pasado noviembre, bajo el titular “Carlos Marx se habría sentido orgulloso de los banqueros de la City”. Al mal tiempo, buena cara, cuando la propia publicación periodística, en su edición alemana, ha puesto fin a doce años de vida. Al “Financial Times Deutschland” se le cayeron algunas letras de la cabecera para despedirse con el lacónico guiño de “Final Times”.
Karl Sternberg aventuraba: “Si Carlos Marx hubiera estado vivo en el 2007 habría estado trabajando para un banco. Los bancos habían alcanzado un estado de perfección comunista. Los trabajadores se llevaban a casa, todo; los titulares del capital se quedaban sin nada. Los accionistas de los bancos eran asaltados por la plantilla, que se pagaba a sí misma sumas exorbitantes gracias a unas ganancias ilusorias. El mercado laboral había encontrado un medio mucho más efectivo que los sindicatos para destruir a los capitalistas, embaucando a los accionistas con que una paga más alta era esencial para retener el talento. Fueron ayudados por los contables, quienes les permitieron declarar ganancias antes de recibir ningún dinero efectivo. Marx habría estado riéndose sin parar desde el banco”.
Claro que los trabajadores en cuestión no son los empleados de ventanilla sino altos ejecutivos. Algo muy similar ha venido ocurriendo en España con los bancos, donde se han inflado las remuneraciones de directivos de fuste y consejeros, como ejercientes y para retiros áureos o platinados. Las cajas de ahorro, sublimadas hacia el empíreo bancario, han supuesto rancho aparte, con políticos y sindicalistas convertidos en auténticos heliogábalos para fagocitar sumas ingentes, que ni siquiera recibían la sombra de un accionariado sino que venían de los Montes de Piedad. Aquí aplicarían, sin duda, la máxima de que la caridad bien entendida empieza por uno mismo.
Pero volvamos a la City, puesto que Marx, aunque escribió sobre nuestras guerras carlistas para Prensa estadounidense, conoció mucho mejor Londres. Lo cierto es que ahora, la cirugía aplicada en algunos casos ha sido más rápida y mutilante en el Reino Unido que en España. Así Peter Cummings, directivo de HBOS (Bank of Scotland and Halifax) sufre, por decisión del órgano regulador, una inhabilitación vitalicia y una multa de medio millón de libras esterlinas, a consecuencia de haber llevado al banco a un estado próximo al colapso, por lo que requirió el rescate por parte de Lloyds (setiembre de 2008), en cuyo grupo quedó absorbido.
Marx, en su tarea de filósofo de la Historia, denunciaba la tendencia capitalista a desplazar los salarios hasta el “límite mínimo”. Pues bien, no supo atisbar la distinción actual entre la masa de los trabajadores, a la que se lleva por esas cañadas, y los magos de la ingeniería financieras que, como las estrellas del fútbol, son el nuevo tipo de fúcar, a costa de arruinar bancos o clubes de futbol.
Sí que, al alimón con Engels, Marx llegó a entrever que “la burguesía…produce sus propios enterradores”. A él le habría gustado serlo, con o sin el bombín de los conspicuos de la City.
Haciendo un “zoom” – la RAE ha aceptado zum – de aproximación, sobre el Carlos Marx de carne y hueso y no sobre sus estatuas de bronce, quizá comprendamos mejor el juego imaginativo del articulista del “Financial Times”.
Hasta los cinco añitos, el pequeño “Karlchen” se debió de apellidar Mordechai, porque es entonces cuando su padre, miembro de una familia israelita con prosapia y con dinero, abraza el protestantismo y adopta el apellido Marx, que habría de hacer fortuna ideológico-política, a través del mundo, gracias al vástago.
De joven, entre sus amigos, Carlos Marx fue conocido como “El Moro”, simplemente por su aspecto moreno.
Obtuvo el doctorado en Filosofía con una tesis en la cual muestra su atracción por Epicuro, el pensador del placer sin desenfreno. El magisterio de éste, en Atenas, tenía como escenario El Jardín, de modo similar a Platón, que lo ejerció en La Academia, o a Aristóteles, en El Liceo. Marx, por ejemplo, tuvo fama de partidario de la buena mesa, bebedor y goloso, aún cuando atravesó épocas de auténtica miseria a lo largo de una controvertida existencia. Su madre, ya viuda y con mucha prole, le aconseja que no se case y que “haga dinero”, en vez de pasar el tiempo escribiendo cosas suyas. En la City de nuestro tiempo hubiera podido cumplir los deseos maternales aliados con sus propios fines. Claro que la cronología no siempre funciona a gusto del interesado.
Marx contrae matrimonio con Jenny von Westphalen, miembro de una estirpe de la nobleza prusiana, sin caudales duraderos, pero con algunas herencias pequeñas, recibidas de tarde en tarde.
El padre del marxismo contó con la protección económica de su amigo y colaborador Federico Engels, apodado “El General”, por sus conocimientos militares. Era simpático, políglota y viajero.
De la compenetración entre Engels y Marx tenemos la firma compartida del “Manifiesto Comunista”. Ítem más, Engels actuó como negro de Marx en unos ciento veinticinco, de los casi quinientos artículos, firmados por el segundo, en el “New York Daily Tribune”, como corresponsal político en Europa, por encargo del directivo del diario, el célebre periodista Charles Anderson Dana.
En el extremo de la relación, Engels reconoció como propio al hijo extramatrimonial que Marx tuvo con su sirvienta Elena Demuth, llegada a la casa desde el domicilio familiar de los Westphalen.
Esto me trae a la memoria el recuerdo de una anécdota del viejo maestro de periodistas que fue Victoriano Fernández Asís. En la rueda de corresponsales que coordinaba para RNE, un día el colega situado en Roma aportó la noticia del estreno de la película “Teorema”, de P.P. Pasolini. El argumento presentaba a un ser de incierta naturaleza, que llegaba a un hogar en el que mantenía relaciones sexuales, sucesivamente, con todos los habitantes de la casa: los hijos, los padres y la servidumbre. El conductor radiofónico, zumbón y de colmillo retorcido, preguntó: “¿Y por quien empieza?”. El corresponsal concreta: “Por la empleada del hogar”. Y Fernández Asís remata: “Era lógico. Pasolini, siempre tan preocupado por los más menesterosos”.
Retornando de nuevo a Marx, consta que no encontró sitio en los claustros universitarios y que le negaron un empleo en los ferrocarriles británicos por mala caligrafía. Su esposa, Jenny, en un mal momento también para Engels, escribe una carta implorante a éste: “…No nos queda pues ningún recurso. No me es posible pintarle nuestra situación. En este momento, mi marido hace gestiones ante Gerstenberg, en la City. Puede Vd. imaginarse lo que semejante cosa le cuesta…” Faltaba todavía al menos siglo y medio (era el año 1853) para el momento propicio. Podemos concebirlo, sin embargo, como si Carlos Marx barruntase algo. En todo caso, el