Firmas Invitadas - Edición Nº 539
Semana del 20/06/2012
Me niego a impetrar el Estado de Malestar
José Manuel G. Torga
L
OS causantes de la crisis pretenden salir de rositas de sus estragos y que nos afecten a los demás. Mientras aquellos conservan o incrementan privilegios y perciben un tan lucido como inmerecido “bonus”, al resto nos aplican congelaciones y rebajas. Y nos culpan, generalizando al mal tun-tún, de haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Habrá quien sí y otros muchos que no. La autoría criminal corresponde, sin duda, a los trileros de la seudo-ingeniería financiera, los cuales contaminaron la atmósfera de los negocios, con la colaboración, eso sí, de agiotistas de la política, que prostituyen esta función tan necesitada de nobleza.
No soy masoquista y por tanto no acepto con deleite, y ni siquiera con resignación, el advenimiento del Estado del Malestar, como relevo impuesto por las circunstancias, al Estado del Bienestar.
Otros han determinado el abandono de buena parte de nuestra agricultura y nuestra ganadería.
Otros han impuesto la demolición de nuestra industria, apaleando, de paso, los costillares de obreros en manifestaciones callejeras.
Otros han inflado la burbuja inmobiliaria, cuya hipertrofia sólo podía llevar al reventón.
Otros han propiciado una inmigración desbordada que, so capa de prevenir una supuesta xenofobia, llega al todo vale, con o sin papeles.
Otros han provocado los casi 6 millones de parados, cuando la globalización y el euro habían sido publicitados como la panacea universal y el ungüento amarillo.
Así nos han reducido a un país de servicios y de turismo. Y menos mal que el turismo funciona, como pronosticó Manuel Funes Robert, con su explicación de la Renta de Situación, cuando los economistas académicos ignoraban sus virtualidades. Luego, los funcionarios que repitan por boca de ganso en las universidades, incorporaron el tema a sus programas; pero olvidando, a su conveniencia endogámica, al pionero, porque era un francotirador.
Item más. Hay escándalos que despertarían incredulidad si no estuvieran rubricados por lo que se entiende como argumentos de autoridad. El catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid y economista, Roberto Centeno, cuantifica algunos en su libro “El disparate nacional. Del fraude de la transición al desastre Zapatero”. Así, el expolio super-millonario de las pensiones: ‘Durante más de veinte años, pero fundamentalmente en los catorce de Gobierno socialista (1982-1996), el excedente generado por la fuerte diferencia positiva entre cotizaciones y pensiones, fue “sustraído” por el Gobierno y empleado fundamentalmente en la reconversión industrial, en la que el Estado se hizo cargo de costes que tendrían que haber pagado las empresas, en la financiación de infraestructuras, como el AVE a Sevilla, en los “fastos” del 92 y en la cobertura de la fuerte reducción de ingresos impositivos que supuso la exoneración para los ricos del pago de impuestos. En concreto, estamos hablando de nada más y nada menos que de 243.000 millones de euros, que les fueron literalmente expoliados a los pensionistas. El saqueo solo terminaría cuando Aznar implementó, de acuerdo con lo previsto en el Pacto de Toledo, una separación de fuentes y la creación de la caja separada para conservar los excedentes generados’.
Ahora el Gobierno del Partido Popular que condecoró, con sentido de casta política, al de Zapatero, quiere establecer una ecuación imposible e insufrible: subir impuestos y tasas cuando empeoran los ingresos económicos de los ciudadanos y aumentan los precios.
La óptica estatal, autonómica y municipal, en la actual tesitura, debería hacer un ejercicio de máxima austeridad, y variar su enfoque, adaptando los gastos a los ingresos y no recabando mayores impuestos para subvenir a unos gastos improcedentes, por elefantiásicos.
En “Las leyes de la política” ya advertía Charles Benoist de una siniestra deriva para el poder: “la coacción fiscal pondrá siempre en sus manos un instrumento terrible de tiranía: es decir, el palo para la vida cotidiana, y para las ocasiones extraordinarias, el puñal”.
Ahora, la cólera del español sentado, que apuntaba Lope de Vega, no se aplaca con músicas celestiales. Aunque no presentemos una actitud “a manera de bestias fieras”, como en las antiguas hermandades que, al decir del “Anónimo” de Sahagún, “negaban los portazgos e tributos a sus señores, e si alguno por ventura se lo demandaba, luego le mataban”.
Sin llegar a tanto, los tratadistas clásicos establecieron toda una doctrina sobre el derecho de resistencia al poder. Pero además, para colmo, como ya advertía el jesuita P. Andrés Mendo, en su tratado “Príncipe perfecto y ministros ajustados” (que no asustados), en el pecado puede ir la penitencia: “La suavidad y moderación –advertía- tiene en pié la paga de los tributos, y decrece la suma, cuando crecen con exceso, porque consumidas las haciendas, no resta de donde sacarlos”.
Pues, erre que erre. Permanece, sospechosamente, un cierto adanismo de Zapatero, como otra de sus herencias. Un Registrador de la Propiedad, como es Mariano Rajoy Brey, debió de recibirlas a beneficio de inventario. ¿Por qué no lo hace? Habría que indagar por los dominios de lo que los italianos han etiquetado como la “dietrología”. Lo que está detrás y no a simple vista.