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L pueblo era pequeño, nada que ver con una gran urbe, pero sus habitantes se sentían satisfechos con los progresos alcanzados. El que más y el que menos podía presumir de su pequeña (o gran) casa, de su huerto, jardín o simplemente ventana florida y desde hacia años, más de una generación las gentes contemplaban el futuro con tranquilidad, por supuesto unos con prudencia y otros sin la más mínima pero un cierto optimismo se había instalado en la comunidad. Las cosechas eran buenas, la fabrica deba trabajo a mucha gente, la artesanía tenía salida y hasta un par de casas rurales habían abierto sus puertas para acoger a los turistas que sin prisa y sin pausa habían ido llegando al pueblo.
Los riscos, los valles, los torrentes, las cuevas y los picachos altos eran el tesoro de una naturaleza sin ollar que atraía a las gentes de los lugares más peregrinos. A diferencia de otros pueblos, en el que nos ocupa, sus moradores no veían la necesidad de emigrar, los únicos que salían – con harto penar de su corazón- eran aquellos que querían estudiar algo más al terminar la escuela, y claro, el pueblo era rico y de lo más próspero pero no como para instalar un campus; una vez conseguida la formación deseada, casi todos retornaban a su terruño y buscaban la forma de vivir de lo que habían aprendido y de que la comunidad se beneficiara de ello. El médico, la enfermera, los maestros, el ingeniero agrícola, las hosteleras, el guardia municipal, el alcalde... todos eran hijos del lugar.
Cierto es que uno se acostumbra a lo bueno y lo da como fijo para toda la vida y que cuando las cosas van bien, la despensa está abastecida, el coche en la puerta y la cartilla de ahorros presenta unas cifras gratas a la vista, uno no piensa que la prosperidad, como todo en la vida, puede ser pasajera y que las vacas no siempre son gordas. El bienestar prolongado hizo que los habitantes del lugar olvidaran que la rueda de la fortuna sube y baja y que es bueno ser un poco más hormiga que cigarra y es que la mucha abundancia ablanda el seso.
Sin saber como y casi sin que nadie se diera cuenta, el pueblo empezó a ser menos rico. El primer aviso (al que nadie presto atención) fue la falta de visitantes, bueno pensaron pues ya volverán, pero no volvieron y cada estación recibió menos turistas hasta que las casas rurales cerraron sus puertas y cómo consecuencia de ello los artesanos vieron cómo se acumulaban sus bellos objetos y criaban polvo. La bonanza pasada se convirtió en “un pasar” y día llegó en que los habitantes del pueblo no sólo tuvieron que apretarse el cinturón sino que más de uno ni cinturón tuvo con el que hacer esta operación.
Las fiestas de San Juan siempre habían sido celebradas con alborozo y rumbo. La inmensa hoguera – que hasta la fecha era responsabilidad del ayuntamiento- devoraba todo aquello que los vecinos consideraban no sólo viejo e inútil sino también lo que simplemente había pasado de moda, ya no gustaba. Los más engreídos del lugar, los que menos tenían en la cabeza pero si mucho en la cartera, se desprendían hasta de objetos adquiridos recientemente con ese síndrome del nuevo rico tan peligroso. Unos días antes de la fiesta del santo, la furgoneta del ayuntamiento se pasaba por los hogares de los vecinos para recoger lo que cada cual aportaría a la fogata, una especie de orgullo y competencia afloraba entre la población que con su “aportación” a la hoguera colectiva quería mostrar su grado de “bienestar”.
Pero los tiempos de rumbo y tronío ya habían pasado y el alcalde al ver el estado de casi penuria al que había llegado su amado pueblo pensó que este año iba a ser imposible hacer la hoguera, que nadie tenia nada de lo que desprenderse, que nada sobraba, todo hacia falta y a cada objeto, ropa o mísero cartón se le daba una segunda y una tercera oportunidad de seguir prestando servicio. ¿Y que iba a hacer? Dejar al pueblo sin sus fiestas y sin la reina de ellas era impensable, pero es que realmente estaba seguro que la furgoneta vendría de vacío en su habitual su ronda de recogida, además que la furgoneta hacia tiempo que no salía del garaje municipal por falta de recursos. En todo caso tendrían que ser los propios vecinos los que llevaran lo que tuvieran – por sus propios medios- a la era donde siempre se había encendido el fuego de San Juan. Pero, claro, él no se atrevía a dar semejante noticia.
Como en todos los cuentos, y este relato lo es, siempre hay un personaje especial, mágico que ve más que el resto de los protagonistas de la historia, alguien que sabe leer los pensamientos del resto de su pequeño universo, alguien que en la noche, escucha el silencio, huele el miedo, la avaricia, la sinrazón y que no dice nada y espera pacientemente a ser requerido... El personaje mágico de nuestra historia no vivía en ninguna cueva recóndita, ni en torre sobre peñascos ni siquiera tenía un tugurio con bola de cristal en la que ver el destino de sus vecinos, ¡oh no¡, para nada, sin embargo eso no le restaba sabiduría, ni capacidad de encanto, sus conjuros no los hacía a la luz de la luna ni salía a los campos en busca de hierbas mágicas con las que elaborar pócimas y filtros de amor. Pero era sabido por todos que en sus manos, en sus palabras y en sus consejos siempre se encontraba solución a los problemas y el alcalde de la localidad no era ajeno a este conocimiento.
En el pueblo se decía de todo (bueno, por supuesto) sobre “la bruja de doña Paca” y ojo que cuando decían “bruja” lo hacían con el mayor de los respetos. Nadie sabía a ciencia cierta de donde procedía pues los más viejos del lugar la recordaban regentando la mercería desde su mas tierna infancia (la de los viejos, no la de Doña Paca), siempre igual con su pelo blanco, la sonrisa entre picara y dulce, lo mirada azul... mujer de pocas palabras pero certeras. De sus manos salían los más primorosos bordados, las puntillas más coquetas, los encajes más elaborados. Las novias le compraban ropa seductora, las jóvenes sus primeras medias, las monjas del convento los hilos de colores... Doña Paca entre botones, pasacintas y entredoses, daba consejos, acertaba en la palabra justa, con una mirada te desnudaba el corazón. De todo esto era consciente el bueno del munícipe local y cómo no sabia de que manera solucionar el problema de la hoguera, decidió pasar a consultar con la bruja de Doña Paca, quién sabe –pensó- a lo mejor se le ocurre algo pues ni yo ni los concejales sabemos cómo salir de este apuro y San Juan está al caer.
La mercería ocupaba una esquina de la plaza mayor, su diminuto escaparate siempre era una pequeña obra de arte. Cuando el alcalde empujó la puerta, un loro fernandino -gris y rojo- exclamó a voz en grito ¡“Tenemos visita”, “Tenemos visita”! y Doña Paca salió de detrás de la cortinilla de la trastienda. En un plis plas el alcalde la puso al día de la situación. Al cabo de un rato, que se le hizo eterno y de lo más cuesta arriba, la buena de Doña Paca le dijo:
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- A ver hijo, no te preocupes, tú convoca a todos a la era, y diles que lleven una carta.
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- ¿Una carta?
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- Sí, una carta y que cada cual escriba lo que quiera, sus penas, sus alegrías, sus arrepentimientos. Que no se corten que ya sabes tú todos tenemos muchas cosas sobre las que pensar. Y no se te olvide decir que es obligatorio ir con carta o al menos con un papel escrito.
Al marcharse la autoridad, Doña Paca se quedó pensando un rato, mientras el loro Nicanor se columpiaba en su aro.
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- Bueno Nicanor, creo que tendremos que ayudar a nuestros vecinos ¿no te parece?, comentó Doña Paca.
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- “A la hoguera”, “a la hoguera” braaaaaaaaaa
Al salir de la mercería, el regidor se encamino al Ayuntamiento y sin tiempo que perder y le dictó un bando a la secretaria en el que hacia saber a los vecinos que este año la hoguera se haría en la era, como siempre había sido pero que en lugar de cosas servibles o inservibles, lo único que era obligatorio llevar era una carta en la que... y les explicaba las condiciones puestas por Doña Paca. Con el nombre de la “bruja” de por medio seguro todos serían de lo más dóciles. Dios mío, pensó ¡que elemento se ha perdido el partido!
Al llegar la tan ansiada noche, todos los vecinos acudieron al lugar en el que desde antiguo se celebrara el rito del fuego. Fueron ocupando la era, que desde hacía tiempo nadie trillaba pues tampoco nadie sembraba pero seguía siendo “la era”. Lugar de escarceos amorosos, encuentros clandestinos, primeros pitillos. Con curiosidad, con incertidumbre y entre comentarios y saludos los vecinos fueron dejando su papel escrito en el lugar tradicional para el fuego. Poco a poco empezó a crecer el montoncito de papales blancos. Ni un solo vecino, mujer, hombre o niño, dejó de depositar su misiva tal y como se lo había hecho saber el alcalde. Si hubiera sido cosa de él, posiblemente hubiera sido tomada a cuchufleta pero con Doña Paca al mando del asunto, mejor hacerle caso.
La noche era cálida, dulce. De vez en cuando, el silencio nocturno, era roto por el canto del pinzón azul. Casi todos permanecían en silencio o su tono de voz era muy bajo como si tuvieran miedo de romper el hechizo por el que se sentían poseídos. Un ligero vientecillo procedente del cerro cercano agitaba las ramas de las acacias y el olor de sus flores blancas como la cera, llenaba de efluvios la mágica noche de San Juan..De repente se oyó un leve crepitar, un ruidillo como de ¿fuego? Pero no, imposible, si nadie se había acercado a la inexistente hoguera, si solo había un montón e inertes papeles blancos....pero sí, claro que sí del crepitar surgió una diminuta chispa dorada como un trocito de sol y el ligero soplo de viento hizo que en un abrir y cerrar de ojos, surgiera el fuego como de la tierra, y la hoguera creciera, y creciera y creciera tanto que los que estaban más cercanos al fuego retrocedieron asustados por la proximidad de las lenguas de fuego. Durante horas el fuego se mantuvo vivo y un humo blanco y purificador se expandió por toda la era, nadie se movió, ni se ahogó, ni tosió.
El alba apuntó por el horizonte; la oscuridad se disolvió como la tinta en el agua y la luz rosada de Aurora tiñó de rosa todo el lugar. El fuego se fue haciendo chiquito, chiquito hasta que desapareció sin dejar rastro. Cuando se extinguió del todo, los vecinos que durante la noche habían permanecido junto a la hoguera, magnetizados por el fuego, se acercaron en busca de unas pocas cenizas que llevarse a casa, se decía que daban buena suerte, prosperidad, y novio en caso de necesidad, pero en lugar de pavesas solo encontraron una diminuta pluma roja.
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