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MAR es no albergar más que un solo pensamiento, vivir para la persona amada, no pertenecerse, estar sometido venturosa y libremente, con el alma y el corazón, a una voluntad ajena, y a la vez, propia. El pasado 2 de noviembre, en el rascacielos más alto de Madrid, Torre Espacio, se instaló el oratorio más moderno de nuestro país. La propuesta partió de los trabajadores del grupo Villar Mir y su presidente acogió la iniciativa con mucho gusto. Es el sagrario más alto sobre el nivel del suelo del mundo. Tenía que pasar en España, tierra de María, sucedió en Madrid, cerca del obelisco que se ha erigido en la Plaza de Castilla.
Desde antiguo se ha considerado que los obeliscos tienen una simbología masónica y que para que uno se considerase importante tendría que ser más alto que la cruz de la catedral de la ciudad. La de Madrid, la Almudena, se queda a tan solo diecinueve metros de esos noventa y dos metros de la altura definitiva de la obra que edificará el arquitecto Calatrava.
Dejando estas conjeturas a un lado, uno se queda maravillado que la propiedad de un edificio con capacidad para tres mil trabajadores y que alberga tres embajadas – Reino Unido, Australia y Holanda, varios restaurantes y un gimnasio, haya cedido una superficie de 150 metros cuadrados para albergar un sagrario. Una iniciativa privada sin coste alguno al erario público. El obelisco, por el contrario, ha tenido un coste de 14’5 millones de euros, de los cuales nueve han sido aportados por Caja Madrid y el resto – 5’5 millones – han sido sufragados por el Ayuntamiento de Madrid.
Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado y Villar Mir gracias a este gesto, se nota que vive enamorado.
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