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  Firmas Invitadas - Edición Nº 283
Semana del 01/08/2007
Memoria histórica


Vasco Lourinho (Portugal)
N O paro de darle vueltas a eso de la memoria histórica. Cuarenta años viviendo en España y me siguen hablando de la memoria histórica como si la guerra civil hubiera terminado ayer. El hecho es que me hablaban del asunto desde mis primeros pasos en la Facultad de Ciencias Políticas, en el viejo Caserón de San Bernardo, en Madrid, donde por cierto tuve como profesores – además de don Manuel Fraga y don Paulino Garagorri - a otros dos nombres de la política española, Raúl Morodo con quien coincidí más tarde como Embajador de España en Lisboa y el otro, José Bono, a quien hice algunas entrevistas cuando era el hombre fuerte de Castilla la Mancha.

Lo mismo ocurría en los pasillos y en el bar de la Escuela de Periodismo, en las traseras del Ministerio de Información y Turismo, en la calle del Capitán Haya, otra referencia histórica. Todos me hablaban de los muertos de la guerra civil, de las victimas de los tribunales franquistas, del bombardeo de Gernica, la represión de Badajoz, me hablaban tanto que llegué a pensar – y es que soy un ingenuo – que en la guerra civil del millón que dicen que murieron todos eran rojos, republicanos como se dice ahora.

Viví durante años y años en esa convicción. Y eso no sólo pasó conmigo. A Pío Moa le ocurrió más de lo mismo. Pero yo paseaba por la España interior y veía por las carreteras unos nichos con una cruz y un nombre, casi siempre con flores, frescas o marchitas. Y también una fecha en torno a los años anteriores a la guerra civil. Y pensaba para mis adentros que no podía ser, que aquella persona no podía haber sido atropellada por un tranvía en aquel lugar solitario, más que nada porque no había electricidad en la zona.

Después, me casé con la nieta de un ex alcalde rojo. La verdad es que soy un osado. Luego descubrí que le habían fusilado después de la guerra, más o menos lo mismo que había ocurrido unos pocos años antes al farmacéutico y alcalde de la CEDA y a no pocos socios del casino del pueblo. Sólo que en un caso había sido fusilado con la sentencia de un Tribunal. En los otros casos era la masa incontrolada. Claro que terminé por divorciarme entre otras razones por no entender que en el pueblo en cuestión, de cuyo nombre no quiero acordarme, sólo habían muerto rojos a manos de los nacionales. Me parecía muy raro todo eso.

Y es que hacia mucho que estaba con la mosca detrás de la oreja. Mucho tiempo… mucho tiempo… Había leído algo que nunca más he vuelto a ver ni siquiera en las librerías de viejo: La Causa Nacional, un texto enorme donde se relatan los crímenes cometidos en la guerra civil. No he vuelto a ver ni la versión original ni el resumen en libro, que presté un día a mi amigo don Manuel G. de Ojesto y de la Valgoma y que hasta hoy no me devolvió, cosa que no me preocupa en absoluto en la medida en que cada vez que él coge ese libro se acuerda de mi y eso si es importante. Ni ese libro ni “España bajo los Borbones”, otro libro que no debe caer en el olvido.


Pero volvamos a mi memoria histórica. La Causa Nacional era bien clara. Había algunas cosillas que la memoria histórica y la no histórica no pueden olvidar. Esos asaltos a las iglesias, esas profanaciones de conventos, esos cadáveres momificados en las calles, esos muchos otros que fueron asesinados así por las buenas.

Hace años, cuando las brigadas internacionales volvieron a Madrid – hay que echarles de comer aparte a estos libertadores – hace años, decía, cogí la cámara y me fui a Paracuellos del Jarama. Joder… Muchas cruces blancas para decir que todos los que están allí sepultados fueron atropellados por camiones o murieron con la gripe de las aves o la enfermedad de las vacas locas. Demasiados muertos para que la cosa se pueda camuflar. Mis sospechas – que ya no eran tal - aumentaron cuando me vino a la memoria – memoria histórica – la voz de Matías Prats, el padre, por supuesto, que se refería en el NO-DO al entierro de las victimas después de rescatados de la fosa común.

Pero lo que no olvidaré, lo que no puedo olvidar nunca, es la historia de José Aurelio Valdeón, periodista de PUEBLO, compañero y sin embargo amigo. Valdeón nunca hacia comentarios sobre su peculiar memoria histórica. Pero en una de las noches tranquilas de PUEBLO, me confidenció su historia. José Aurelio Valdeón me decía que no podía olvidar que allá por diciembre de 1936 se fue a la zona del Canal Isabel II, en Madrid, en busca de su padre. Lo habían llevado de casa unos milicianos mal encarados al principio de la madrugada, una madrugada fría y con niebla. Valdeón fue a un descampado donde había oído disparos. Se acercó y vio un montón de cadáveres. Buscó y buscó entre los cuerpos y encontró a su padre. Estaba debajo de un cadáver, cubierto de sangre y moribundo. Con todas sus fuerzas, las fuerzas y el trauma de un niño de nueve o diez años, José Aurelio rescató a su padre. Tenía varios impactos de bala como se dice ahora. Pero respiraba. Y logró sacarlo de la muerte y traerlo de nuevo a la tierra de vivos.

José Aurelio Valdeón no perdió la memoria histórica. Su hija, también del oficio de periodista, seguro que conoce la historia del abuelo y no creo que le haga mucha gracia ver como piden al inefable juez Garzón que investigue los muertos de la guerra, algunos muertos de la guerra, sólo algunos… Mucho trabajo para tan grande juez que está en todas. Muchos nombres para un único magistrado. Muchos huérfanos y nietos de victimas, muchos descendientes de fusilados, muchos fantasmas históricos siguen sueltos por ahí para que podamos limitar el esfuerzo de tan honorable juez a investigar tan sólo una parte de los muertos, lo que implicaría pensar que hay muertos de primera y de segunda.

No se trata de localizar los que mataban y ajusticiaban sin culpa formada y sin las mínimas garantías jurídicas. ¿Cómo vamos a encontrar a los asesinos del padre de Valdeón? Que importa quienes fueron? Lo que importa es señalar que hubo cosas horribles en una guerra fraticida tan cruel como la de Ruanda, la rebelión en el Congo, Biafra, la guerra en el Chad, Somalia y ahora Darfur son unos cuantos ejemplos de moda. Pero si prefieren también las tenemos más cerca e igualmente salvajes, en Europa, en Croacia, en Bosnia y por todas partes donde el hombre actúa cuando se considera en posesión de la verdad y se proclama defensor del mundo y de las ideas, las suyas, evidentemente.


Por eso, la memoria histórica ahora invocada, joder... debe ser la memoria de todos de todos y no sólo de unos. Y si el juez Garzón quiere de verdad impartir justicia aún está a tiempo, muy a tiempo. Basta buscar las responsabilidades al carnicero de Paracuellos, por ejemplo. No lo va a meter en la cárcel pues es nonagenario. Le pasa lo mismo que a Pinochet. Pero seria bueno investigar ese crimen, ese genocidio a las puertas de Madrid.

Me viene a la memoria - esto de la memoria histórica es un peligro - los tiempos anteriores al a revolución de los claveles, al 25 de Abril, en Portugal. La progresía, los comunistas sobre todo, gritaban y denunciaban al mundo los horribles crímenes contra la Humanidad que estaba cometiendo el ejército portugués en Àfrica. Todos los días. En todo el mundo, tantas veces que hasta yo mismo llegué a convencerme que a los oficiales de carrera del ejército portugués había que someterles a un juicio universal como a los nazis en Nuremberg.

Pero no. Vino la revolución democrática. Termina la guerra colonial y parece que no pasó nada. “Murieron tres romanos y cuatro cartagineses...” No hubo genocidio ni genocidas en los catorce años de contienda de Portugal en África. Todo lo que decía el Partido Comunista y la progresía portuguesa y europea se olvidó. Nada de memoria histórica. Y los oficiales de carrera, los Otelos Saraiva de Carvalho, los Vasco Gonçalves, Humberto Delgado, los generales y almirantes que conquistaron estrellas y medallas matando, violando y torturando negros, los capitanes que mandaban a las tropas de reemplazo, los
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